Microrrelatos

Ni en mis peores pesadillas

19 Mar 2023

Después de toda la noche de guardia, llegaba a casa agotada y sin reflejos. Siempre pensé que lo peor que me podía pasar en mi trabajo de policía era abrir un ascensor y encontrarme un cadáver.
No me lo podía creer pero estaba sucediendo.

En el portal de mi urbanización cuando llamé al ascensor para subir a mi domicilio en el cuarto piso, encontré un muerto. Una muerta mejor dicho, con varios disparos en su cara. Había sangre por todas partes. A primera vista parecía que  habían disparado intentando huir y que luego  habían recolocado el cadáver en el minúsculo habitáculo.

Instintivamente llamé a la comisaría y comuniqué lo ocurrido dándoles la dirección para que viniera una patrulla. No hacía falta ambulancia. Comprobé que no tenía pulso. No podía hacerse nada por ella. Me resultaba familiar, pero su rostro estaba totalmente desfigurado por los disparos y por la cantidad de sangre que todavía fresca anulaba su imagen.

Mis compañeros tardaron apenas unos minutos en los que no entró ni salió nadie del edificio. Vinieron varias patrullas y acordonaron la zona. Yo no me había movido del portal por si salía el asesino. Me quedé con otros dos colegas allí a la espera de que llegara el forense para el levantamiento del cadáver. Bloqueamos la puerta del ascensor, y otros tres compañeros subieron por las escaleras donde se oía un gemido lastimero.
Reconocí la voz en la distancia al instante.
–Ha sido ella, ha sido ella, decía…

Entonces sí la reconocí. Era la secretaria de mi marido. ¿Qué hacía en casa a esas horas? ¿Quién la había matado y por qué?

Entonces el inspector al mando vino hacia mí, y fui consciente de que tenía todavía mi arma reglamentaria en la mano, mis manos manchadas de sangre y mi cara salpicada de restos de la víctima.
Con un hábil movimiento me desarmó, me puso las esposas y dijo: –Tiene derecho a guardar silencio, a no declarar…
No fui capaz de oír nada más. Estaban llamando a una ambulancia.

Mi marido agonizaba también en la escalera. Mis tiros no habían sido tan certeros con él.

Ni en mis peores pesadillas.

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