Otra vez había vuelto a soñar con él. Era el quinto día. Por cinco veces nos habíamos acercado tanto que casi nos rozábamos el rostro y cuando íbamos a besarnos, ¡zas!, me despertaba.
Así que no lo dudé. Ese día cuando él terminaba de prepararme mi café, crucé la barra de la cafetería y le planté un apasionado beso. En una servilleta de papel le había apuntado mi número.
¡Lĺámame! –le dije todo lo insinuante que puede una ser a las 8 de la mañana. Y me fui.
Ahora no sueño con él. Desayunamos juntos

Como a ti
Como un perro herido me encontraba tras el asesinato de mi compañera. Todos llorábamos su pérdida pero no entendíamos por qué había muerto. ¿Quién podía haberle hecho aquello? ¿Qúé alma degenerada se había enseñado con su cuerpo? El forense determinó que no había sido...