Hacía muchos años que no aparecía por el pueblo para las fiestas. Llevaba demasiado tiempo en el extranjero con sofisticadas reuniones de millennials que parecían estar de vuelta de todo sin haber cumplido los cuarenta. Yo también era uno de ellos. Me casé y me divorcié demasiado pronto. No había vuelto a tener pareja estable.
Cuando Pepe me llamó e insistió en que no podía perderme el fiestón de ese año dudé pero me dejé llevar.
Y allí estaba yo, en la barra de uno de los cinco bares del pueblo viendo la vida pasar con un botellín en la mano y un montón de conocidos a los que ya no me unía nada. La música sonaba de fondo y los feriantes atraían a su público. Vivían de las fiestas.
De pronto la vi. Puri. Era Puri. Seguía siendo Puri. No había cambiado nada. Bueno, sí. Había cumplido años, como todos, pero ella estaba espectacular.
Pepe miró hacia donde se dirigían mis ojos y sonrió.
-¿Qué? ¿Todavía te acuerdas?
-Hace muchos años de aquello. Eramos unos chiquillos…
-Todavía lo somos, Víctor, todavía lo somos… No sé si te has enterado de que plantó a su novio media hora antes de casarse. Llamó a la iglesia y dijo que no iba. Todo un escándalo de los buenos. No sé cómo se atreve a venir a la fiesta del pueblo. La van a sacar los ojos…
Y entonces tuve un presentimiento. Dejé el botellín en la barra y me dirigí a Puri.
-Ha pasado mucho tiempo… ¿bailamos?
-Decíamos ayer -sonrió ella agarrándose a mi brazo- Fray Luis dixit.