Me quedaban unos meses de paro después del cierre de la editorial. El mercado de las letras estaba fatal. Trabajaba escribiendo cosas aquí y allá, pero sacaba una miseria. Se me ocurrió que podía hacer lo que un personaje de mi última novela: poner un anuncio:
<<Se busca millonario/millonaria que se sienta solo. Prometo acompañarle una vez a la semana al cine o teatro y otro día leerle cuatro horas del libro que desee. Cada quince días, sábado de excursión cultural en los alrededores de Madrid.
Salario a convenir>>.
Como la realidad supera a la ficción, tuve hasta cinco ofertas.
Los escuché a todos. Cuatro hombres y una mujer.
Durante nueve meses (como si de un parto se tratase) mi millonario abuelito protector fue feliz. Le hice feliz. Le acompañaba a conciertos, ópera, teatro y cine. Leía las obras que escogíamos juntos con maravillosa música de fondo y té con pastas. Comencé a acompañarle al médico. Se había casado dos veces pero no tuvo hijos. Tampoco sobrinos. Recordaba con cariño a sus mujeres pero a sus casi noventa años tenía ganas de que llegara su hora. Nunca había deseado como tantos otros la inmortalidad.
Me confesó que le había atraído de mi anuncio la osadía y la aventura. Agradecía ser feliz los últimos meses de su vida. Gracias a ese trabajo yo podía pagar mi hipoteca. Tomé mucho cariño a don Sebastián. <<Llámame Sebas>> –decía. Le sostuve la mano en su final y me dolió su partida como si hubiera despedido a mi abuelo.
Bajo una lluvia persistente le enterraron en su panteón de la Almudena. Sus empleados, algún socio más joven que él, su abogado y poco más.
A los pocos días recibí una llamada en la que me comunicaban que debía estar presente en la lectura de su testamento. Yo estaba preparando un nuevo anuncio para subsistir.
Don Sebastíán me dejó en herencia su fortuna y su pisazo en el Paseo de la Castellana de Madrid.
Jamás pensé que mi novela se haría realidad. Ahora sí podría seguir escribiendo

Como a ti
Como un perro herido me encontraba tras el asesinato de mi compañera. Todos llorábamos su pérdida pero no entendíamos por qué había muerto. ¿Quién podía haberle hecho aquello? ¿Qúé alma degenerada se había enseñado con su cuerpo? El forense determinó que no había sido...