Navidad
En casa, cuando se pone la bota de los regalos en la puerta es cuando comienza la Navidad.
Podría haber comenzado el 1 de diciembre, cuando inicié mi calendario de Adviento con frases de escritores que me han gustado, que me han hecho pensar o tal vez soñar.
Podría haber comenzado hace dos meses cuando comenzaron a aparecer la estructura de las luces navideñas en las calles o el turrón en los supermercados.
Podría haber comenzado con la primera cena de Navidad, con el primer reencuentro de amigos, o con la compra de algún adorno nuevo para el árbol.
En casa, desde que celebramos la primera Navidad con niños, hace ya unos cuantos años, lo más importante de todos los adornos, más que el Belén, el árbol o los Reyes Magos, era esa bota que un día compré en tela y fui capaz de coser a mano. Yo, que soy incapaz de hacer un dobladillo en condiciones, con la ilusión de las fiestas navideñas de mi primer hijo, conseguí coser a mano esa bota que nos ha acompañado a la familia durante muchos años.
Espero que al año que viene otros ojos infantiles disfruten y sueñen con lo que encuentren en su interior. De pequeños, fundamental: globos y papeles de colores.
Reconozco que me gustan estas fechas. No el barullo de las calles que con los años me hacer huir del centro, no las juergas hasta las tantas, no el ruido insolente. Me gusta reencontrarme con los míos. De pequeña era adicta al anuncio de turrones El Almendro y el vuelve a casa por Navidad. Me gusta ver a los amigos que hacen un poder para quedar y vernos. Me gusta escribir y recibir cartas, correos electrónicos y mensajes de WhatsApp de aquellas personas que por circunstancias diversas no están en el día a día pero dedican un minuto de su tiempo a recordarte.
Esta tarde he puesto algo parecido a un árbol de Navidad en mi comunidad. Estamos de obras y ha habido que hacer un apaño, pero he tenido dos ayudantes fantásticos, dos de mis vecinos más pequeños que me pedían que colgara los adornos en las ramas. Eso te hace sentir bien. Y luego no he podido evitar sacar todas las cajas y buscar en primer lugar la bota de los regalos para que comience la Navidad.
Tampoco sería Navidad si nos olvidamos de los que faltan, de los que un día celebraron con nosotros y ya no están. Hace poco tiempo todavía cruzaba los atascos de Madrid para que mi madre disfrutara con las luces de las fiestas. Castellana arriba, Serrano abajo, Puerta de Alcalá, Cibeles, Gran Vía, Princesa… como si fuera una niña iba señalando esas luces. ¡Qué pequeños volvemos a ser cuando nos hacemos tan mayores! Las luces me producen a la vez tristeza y alegría, pero yo, optimista compulsiva, prefiero disfrutar de lo que tengo, vivir el ahora, no pensar en lo que ya no puede ser.
Pienso también en las recientes inundaciones en España, el dolor de las familias que han perdido seres queridos, que lo han perdido todo, casa, trabajo… y me imagino lo difícil que serán estas fiestas para todos. En las guerras, y en la atrocidad de un mundo que podría ser un poco mejor solo con que nos lo propusiéramos todos. No habría tanto dolor, tanto sufrimiento. Podríamos pedir un poquito de sentido común, de esperanza para poner una tirita al globo terráqueo como hacía Mafalda hace ya unos cuantos años.
Esta nostalgia que me invade hoy me impide hablaros de mis regalos favoritos, de libros. Intentaré recomendaros algunos para que Papá Noel tenga tiempo de buscarlos y si no, que los Reyes Majos los encuentren. Atentos al próximo domingo noche.
De momento, queda inaugurada la Navidad. Os recomiendo como si fuera un conjuro de bruja: una pizca de alegría, una sonrisa al día (por lo menos) y todo el amor que seais capaces de repartir. Cuanto más amor deis, más regresará a vuestro corazón. Felices fiestas.