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Recuerdos

2 Nov 2025

Los primeros días del mes de noviembre traen a mi memoria una infancia con el recuerdo de los muertos de la familia.

Por parte de mi madre había una muerta oficial de la que se hablaba en voz baja; siempre sin pronunciar mucho su nombre, porque la vida de la familia se había visto relacionada de forma oscura con su muerte. Mi tía Avelina (Adelina en su partida de defunción, en sus cartas desde la cárcel), hermana de mi madre fue una de las conocidas como “las trece rosas”. Si habéis leído el libro de @daviduclés “La península de las casas vacías” recordaréis ese episodio como un homenaje tardío a su asesinato.

De pequeña me llevaban al cementerio de La Almudena y visitábamos una tumba que no tenía lápida pero sí un rosal gigante que crecía y crecía adueñándose del paso entre los demás enterramientos. Recuerdo a mi abuela, a mi madre, incluso a mi padre. Pero no a mi abuelo. Cortábamos a duras penas los tallos del rosal que crecían con fuerza y parecían troncos de árbol, y hasta el año siguiente. No había lágrimas. Ni explicaciones.

Cuando murió mi abuelo, el rosal tuvo que quitarse para enterrarle. Y se puso una lápida con el nombre de los dos, el de mi tía y el de mi abuelo.

Mi padre no tenía o nunca nos llevó a las tumbas (si es que las había) de su familia. Yo tampoco pregunté. Su madre murió cuando él tenía dos años y su padre cuando cumplió nueve. Ahora me arrepiento de no preguntar más. O quizá sí pregunté mucho (era muy preguntona) y no me contestaron.

En esa tumba también descansan mi tío y mi abuela.

Cuando falleció mi padre de repente, nadie sabía qué le hubiera gustado que hiciéramos con sus restos. Creo que todos deberíamos dejar escrito o dicho qué queremos que se haga con nuestro cuerpo cuando abandone este mundo. Les evitaría un montón de problemas y dudas a los que se quedan. Unos días antes de morir había fallecido una amiga íntima de mi madre, de los dos. Se conocían desde adolescentes. Y fue la primera incineración a la que acudió mi padre. Se quedó muy impresionado. <<¿Queman la caja? ¿Qué hacen con las flores? ¿Qué cenizas entregan a la familia? ¿Se entierran los restos en una tumba?>>. Ahora las cremaciones son habituales. Todos estamos más familiarizados con los procedimientos y quizá nos preguntamos menos cosas de las que él se preguntó un día. Lo que sí nos sirvió para no incinerarle y para buscar una tumba en la que enterrarle.

Durante años acompañé a mi madre a ponerle flores en los cumpleaños y en los aniversarios de su muerte. También por su santo. Y por Navidad. Nunca íbamos en Todos los Santos por las aglomeraciones del Cementerio de la Almudena. Comprábamos flores y decorábamos su tumba tras limpiarla. Yo pedía perdón a mi padre porque a él no le gustaba que pusiéramos flores en las lápidas. Pero a mi madre sí.

Desde la muerte de mi madre voy sola al cementerio. Compro en el mismo puesto de flores en el que compraba con ella, y el mismo tipo de margaritas y gladiolos. Decoro su tumba y hablo con ellos. Lo hago también en casa. No es necesario ir a la Almudena. En el último año les he contado que les hubiera gustado conocer a su bisnieta y que es un terremoto como lo fue su nieto. Les hablo de la vida, de nuestra vida, igual que a mis suegros que normalmente sí visito en el cementerio de su pueblo cada uno de noviembre.

Yo no quiero que nadie vaya a un sitio a recordarme. Prefiero que lo hagan en el día a día, cuando alguien diga o haga algo que les provoque sonreír y pensar en mí. La tradición española es triste. No pensamos que los fallecidos están en un lugar mejor a pesar de que la mayoritaria religión católica así nos lo enseña.

Hoy quiero pensar que mis seres queridos están en esas estrellas que brillan en el cielo otoñal; que tal vez nos miran desde una atalaya y nos ayudan y nos abrazan en la distancia para que nuestro mundo, nuestra pequeña parcela, sea un poquito mejor. 

Feliz semana. Feliz otoño.

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