Aparqué el seiscientos en la puerta. Mi padre estaba preparado en el poyete, nervioso, intranquilo, girando su boina con las manos, primero hacia la derecha, después hacia la izquierda. Me miró con cara de susto y dijo:
—¿Y tú quieres que me monte en eso tan chico?
Y claro que se montó. Y fuimos muchos kilómetros por una carretera del interior que tenía todos los baches del universo.
—¿Y por qué tienes tanto empeño en que lo vea, hijo?
—Ya verás, padre, ya verás.
Eran los años sesenta.
La primera vez que mi padre salía de su pueblo.
En ochenta y cinco años no había abandonado su aldea, su casa, su mundo.
Cuando llegamos y bajó del vehículo, cansado y aturdido sólo pudo decir:
—¡Qué grande y qué bello!
Veía el mar por primera vez en su vida.