Divagaciones dominicales
No es melancolía; no es nostalgia; es tristeza. Tal vez desasosiego. ¿Habéis pensado alguna vez lo bonito que es decir “estoy desasosegado”?
La catástrofe ferroviaria reciente nos causa tristeza profunda; nos identifica con cada uno de los viajeros; con los que se han salvado y con los que no volverán a casa. Nos angustia pensar en Boro, en ese perro tan buscado que es familia y que ya está con la suya gracias a la solidaridad de tantos.
Enero, a pesar de la lista de propósitos para el año, o la celebración española de los Reyes Magos y el roscón que cierran las agotadoras festividades navideñas, es un mes muy largo. Tal vez valdría por dos en el calendario. Este año, además, acompañado de temporales, nieve, lluvia y frío, se hace un poco más cuesta arriba, aunque los rayos de sol aparezcan tímidamente de vez en cuando.
Sigo sin querer ver noticias ni leer periódicos; hay un loco en el mundo (que arrastra a otros muchos locos del planeta), que además tiene un poder desmesurado y muchos palmeros que le aplauden. Pone la carne de gallina escuchar algunas de sus declaraciones que uno piensa con lógica que son “fakes” y que descubres con horror que son realidad.
Frente a eso, queda leer; disfrutar de un café calentito; una charla con amigos; pasear por el centro de tu ciudad o recorrer un camino lleno de árboles.
Todo para encontrar paz.
También escribir estas divagaciones dominicales o crear una historia para mi curso de guion cinematográfico.
Hace un año que esperábamos la llegada de una personita fundamental en nuestra vida familiar y ese es el mejor antídoto contra la tristeza. Una sonrisa, una mirada, un gesto y la vida tiene otro color. El color de la inocencia.
Gracias por seguir aquí.







