Divagaciones dominicales.
La RAE define el verbo viajar como “Traladarse de un lugar a otro, generalmente distante, por cualquier medio de locomoción”. Dicho así suena aburrido. Viajar es mucho más.
Viajar es sentir la emoción de querer visitar un lugar (desconocido o no) y anticipar las emociones preparando la infraestructura del viaje.
Si la decisión del punto de destino está clara, hay que preocuparse de las cuestiones prácticas: avión, tren, coche, autobús. Buscar lugar o lugares de alojamiento; qué queremos ver, cuándo y dónde. ¿Qué se visita? ¿Qué se come? ¿Hay que reservar?
También se puede dejar todo a la improvisación, pero nos arriesgamos a no encontrar dónde comer o no poder entrar a ese museo que tanto querías visitar.
En pleno siglo XXI el margen de improvisación es pequeño. Somos muchos viajeros y en todas partes hay mucha gente para ver lo mismo y disfrutar de las mismas cosas. Todo un mundo desde el instante mismo en que decides cuándo y dónde quieres viajar.
Esas emociones se acumulan con los preparativos: reservas, maletas, horarios, documentación…
Y para mí, el disfrute comienza en el instante en que me subo al avión (mis viajes favoritos) y dejo que mi imaginación vuele a la vez que atravesamos nubes y paisajes desde el aire. Me convierto en niña otra vez y miro con esos ojos distintos, brillantes, abiertos a lo diferente, a lo inesperado.
En esos viajes turísticos leo y escribo poco, pero aprendo mucho porque me vale lo que me encuentro. Recuerdo cuando era más joven que quería verlo todo y anotarlo todo. Con los años descubres que lo importante es disfrutar del momento. Si no ves todo, si un día te saltas la comida o si no puedes tomar ese tren que querías para ir a la excursión que no pudiste reservar, no pasa nada. Confórmate con lo que sí has hecho, visto o disfrutado.
Cero agobios. Cien por cien felicidad.
Cierro pues mi maleta y me dispongo a surcar esos cielos que me llevarán a otros lugares, a vivir mi vida como si fuera otra.
Feliz semana.
Felices lecturas.
Felices viajes.







