1.
He vuelto a la ciudad después de diez años. Me llamo Juan o Luis. Eso lo decidirá el narrador. Con mucha suerte he encontrado un piso de alquiler en el mismo edificio en el que viví. Ahora está reformado y resido en un segundo. El bajo y la portería se han convertido en un mini café con dos mesitas en la acera. Enfrente han abierto una floristería. La chica que trabaja allí es alta, rubia y muy guapa. Desde mi terracita cuando me siento a escribir miro cómo atiende a los clientes con una sonrisa fantástica. Ella se llama Julia o Sofía. El escritor tiene todavía que elegir muchas cosas. Los vecinos se conocen y saludan.
Solo llevo aquí una semana pero creo que una de mis primeras tareas va a ser cruzar a comprar flores. La tienda se llama Alegría.
2.
He bajado las escaleras tranquilamente. Acaba de decidirlo el narrador. Yo hubiera bajado los peldaños de dos en dos, atropelladamente, pero él quiere imbuir mi personalidad de hombre tranquilo. Justo lo que no soy. Tengo el firme propósito de entrar en Alegría. Y comprar flores. Me gustaría invitar a la florista a un café pero estoy oxidado. Después de diez años de corresponsal de guerra no sabes cómo relacionarte con el mundo y menos con las mujeres.
Creo que el café de primeras no es la mejor opción.
-¡Hola! -saludo dubitativo-. Soy Luis. Vivo enfrente. Acabo de llegar al barrio.
-Buenos días. Bienvenido a Alegría. Soy Sofía. Abrí la floristería hace un mes.
3.
-¿Qué deseas? -preguntó Sofía con esa sonrisa que siempre intuía cuando la veía desde mi ventana. Era aún más bonita de cerca.
-Quería flores. Mejor dicho, quería una flor… una rosa.
-¿Sólo una?
-Sí. Sólo una -dije poniéndome colorado sin saber por qué.
Seguro que el narrador sabe por qué me puse colorado sin motivo, intimidado por una sonrisa tan mágica como la suya.
-¿Y de qué color la quieres? Hoy tenemos blancas, rosas, amarillas y rojas. Tienes donde elegir. ¿Cuál es la preferida de tu chica?
-¿Cuál es tu preferida? -pregunté en un susurro.
-Las flores siempre tienen un lenguaje oculto. Si quieres pasión elige roja, si es por compromiso, rosa; si no sabes sus gustos, amarilla, pero si quieres enamorarla, entonces no lo dudes, que sea blanca.
-Blanca entonces.
Y volvió a sonreir y yo a morirme lentamente en esos labios. Eligió una preciosa rosa blanca y con mimo la envolvió en papel celofán. Cuando me la entregó atada con un diminuto lazo blanco y me dijo su precio, pagué lo que me pedía y me quedé como un bobo ahí delante de ella.
Rápidamente mi escritor me sacó del atolladero y se la volvi a entregar:
-Toma Sofía. La rosa es para ti.
4.
Sofía se quedó callada. Por un momento su sonrisa enmudeció.
No rechazó la rosa que acababa de prepararme y que yo le ofrecía.
La tomó en sus manos con exquisito cuidado.
-No sé si debo aceptarla. Ningún cliente me ha regalado una flor. Según mi propio lenguaje ¿quieres enamorarme?
No imaginaba yo que el narrador crearía un personaje tan directo. Volví a dudar en la contestación. Esperaba que el escritor me sacara del atolladero.
-Cuando cierres Alegría ¿querrías tomar un café conmigo? -dije sin poder contenerme (No, no. Seguro que así no. Va a decirme que no)
-Lo siento, Luis. Hoy no puedo. ¿Tal vez mañana?
Y esa sonrisa mágica volvió a aparecer en sus labios…
-Sí, claro. Mañana. Aquí estaré cuando cierres.
El narrador no hizo nada para evitar la cara de tonto que se me había quedado.
-Mañana.
-Tengo que dejarte. Gracias por la rosa. Tengo un encargo para preparar una iglesia para una boda. Nos vemos mañana.
Y me fui de Alegría soñando con verla al día siguiente.
5.
Desde mi balconcito vi cómo Sofía cerraba Alegría llevando en sus manos una cesta con distintos tipos de flores.
Me sentía desarmado ante ella. Su seguridad me convertía en alguien pequeño e indeciso. Si mis compañeros en el frente me hubieran visto no se lo hubieran creído. Quizá ni yo mismo me lo creía. El narrador se está cebando conmigo -pensó Luis- pero no soy capaz de rebelarme.
Esa noche tendría que preparar la estrategia para el café del día siguiente. Dejó el ordenador abierto por las últimas páginas de su novela sin poder escribir un solo párrafo más.
No sabía que el amor desvelara tanto. No pegó ojo en toda la noche. Imaginó mil escenas diferentes. ¿Cuál elegiría el escritor?
El verano llegaba a su fin y los relatos por entregas tenían que finalizar. El autor se había perdido en las subordinadas sin decidir nada.
Eran las tres de la mañana cuando sonó su móvil. De su periódico le reclamaban. Se había vuelto a romper el alto el fuego. Tenía que volver a cubrir los últimos bombardeos.
No podían darle más tiempo.
¡Lástima! -pensó Luis-. Solo he vivido un mes con normalidad. Sofía tendrá que esperar.
Y comenzó a recoger sus pocas pertenencias, organizar sus cosas a través de unos cuantos correos electrónicos entre otros a la empresa de alquiler y a redactar una breve nota a Sofía.
Ella no sabía nada de él.
<<Tengo que irme. Soy corresponsal de guerra y me reclama mi periódico. Te debo un café. Tuyo siempre, Luis>>.
Pidió un taxi y antes de subirse a él echó la nota por debajo de la puerta de la floristería.
Miró atrás con nostalgia por lo que pudo haber sido y no fue.
Como siempre.