Microrrelatos

La ciudad de los vientos

31 Aug 2023

Neblina nocturna. Una calle vacía. Un susurro. Sonido de pasos. Un tipo gris con sombrero. Una chica guapa de mirada turbia. Sangre…

El escritor deja volar su imaginación y el tipo gris del sombrero saca un arma del bolsillo del abrigo. Es un abrigo largo, casi femenino, envolvente, color camel de grandes solapas y el sombrero marrón de ala ancha como en los mejores años veinte de Chicago. Apunta directamente al otro, al muchacho de cazadora de cuero y pelo rubio revuelto y sucio, que con vaqueros ajustados y deportivas se interpone entre el hombre y la chica.

Ella tiene la mirada perdida. ¿Borracha? ¿Drogada? Lleva un minivestido lencero negro en el que se adivina todo sin ver nada. Su figura es perfecta salvo su cara. Los ojos extraviados en el tiempo llevan a pensar que está en otra dimensión, en otro rincón del universo. Su cuerpo casi desnudo tiembla de frío, pero no tiene miedo. No adivina su inmediato futuro. Solo intuye (¿o no?) lo que va a pasar.

Escritor, dinos qué ocurre. ¿Dispara el tipo del abrigo? ¿A la chica? ¿Al muchacho que se interpone? ¿Hay testigos?

Están a la puerta del mejor bar de copas de la Ciudad de los Vientos, pero nadie se asoma. La neblina impide ver con claridad. La neblina interior y la exterior. El tipo dispara y el muchacho cae al suelo. Sangre. Mucha sangre. Ni un grito. Ni un ruido tras el silenciador que adormece el tiro.

La chica duda si correr, si agacharse a ver si el chico está muerto o si implorar misericordia al tipo del abrigo. Con el sombrero no logra reconocerle. Él no baja el arma.

Sigue apuntándola y ya no tiene muchacho protector. ¿Por qué has matado al chico, escritor? Era la única salvación para la chica. Ella no tiene la culpa de nada. ¿No lo ves? ¿Qué no entiendes, juntaletras? Ella es joven, inocente. La han emborrachado, la han drogado… ¿vas tú también a matarla?

El escritor, no, no, el tipo del abrigo… (¿o es el escritor?) dispara de nuevo. La chica cae; también sin gritar; desmadejada. Queda en el suelo junto al muchacho en un gran charco de sangre. Si estuviéramos en el cine habría un fundido en negro y saldría la palabra fin y los créditos de la película. Pero no. Es la vida en Chicago. Es la muerte en Chicago. El tipo del abrigo largo, casi femenino, envolvente, color camel de grandes solapas y el sombrero marrón de ala ancha se va. Se oyen pasos.

Alguien llamará a la policía cuando descubra los cuerpos. Nadie habrá visto nada. Nadie sabrá nada. Otro ajuste de cuentas sin resolver. Más vidas perdidas. Nadie reclamará sus cuerpos.

Y un día más amanecerá en Chicago tras las luces de los coches de policía a la puerta del mejor bar de copas de la Ciudad de los Vientos.

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