Divagaciones veraniegas.
El paso del tiempo es algo que a unos nos afecta más que a otros.
De joven era ave nocturna; me gustaba trasnochar y mirar más las estrellas que los amaneceres.
La vida, sabia la mayor parte de las veces, ha reconducido mi camino y procuro madrugar todo el año. Me sienta bien.
Disfruto del frescor de la mañana, de mi tabla de ejercicios, de mi lectura pausada, de mi desayuno tranquilo. Y dedico unos minutos a no hacer nada.
Eso es lo que más me cuesta: no hacer nada.
No planifico, no escribo, no cocino, no corro a hacer algo. Solo no hago nada. Unos minutos; pocos. No sabría estar mucho tiempo sin pensar; pero esos momentos de paz me confortan para enfrentar cada día con la mejor disposición posible.
Yo era de invierno y ahora soy de verano. Por eso, cuando comienza a amanecer más tarde y a anochecer antes me entra una anticipación de nostalgia que me recuerda que el verano se va a acabar (aunque quede mucho, aunque este año tendré más verano que nunca).
Progreso adecuadamente en mis lecturas; no tanto en mi reescritura, pero todo llegará. Mientras tanto, el calendario implacable nos anuncia que ya hemos traspasado la mitad de agosto, desde aquel San Juan que prometía noches eternas.
El mar seguirá arrullándonos y la montaña acogiéndonos con su frescor. Todavía con el calor acariciándonos la piel ya comienzan lluvias y tormentas que pasan tan rápido como llegan.
¿Qué es el tiempo?, se pregunta la protagonista de Principio, medio, fin de Valeria Luiselli, “El tiempo es el tejido de una novela”. Si consigues crear una historia dirigida por el tiempo, ya sea cronológico, ya sea a saltos, tus personajes vivirán en la memoria de los lectores.
Busca tiempo para tus lecturas; busca el tiempo en tus lecturas.
Feliz final de verano
Felices lecturas







